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Vivió en el anhelo del Príapo. Ansiaba con esperanza y desesperación un pene grueso y extenso como ningún otro, un pene que apenas cupiese en su vagina, que desbordase, que crujiese, un pene cuya mano menuda no pudiese ceñir, un pene que en la penetración la hiciese gemir como gime un edificio resquebrajado en sus cimientos. Buscó, buscó durante toda su vida. Buscó en bares, en discotecas, en institutos, en oficinas, viajó por todo el mundo catando razas y cuerpos tan distintos… Muchas veces se percataba de que el hombre que tenía delante no era el esperado sólo por el bulto que hinchaba su ropa; sin
embargo, jamás despreció a ninguno, y se engullía en el coño todos los penes que encontraba como una especie de penitencia gozosa, como quien da cada sorbo de vino con la certeza de que sólo así podrá acercarse siquiera un poco al licor de los dioses.
Ya anciana y resecos sus labios, oyó un aullido intenso en la habitación de su hija y obserbó por la rendija de la puerta un pene inmenso, pantagruélico, un pene como un tronco milenario, tieso y rugoso, iluminado por los jugos que manaban de la vagina horadada de su vástago, y comprendió que al fin, de un modo extraño y místico, había arribado al puerto deseado.

(Autor del texto: Marcos Taracido, autor de la fotografía: Eugeny Kozhevnikov )
Han pasado muchos años desde entonces, pero en mi recuerdo vibra aún la fiebre de aquellas tardes, en el recargado salón que fue escenario de nuestros apasionados encuentros. Puedo sentir el olor a violetas que desprendía tu piel cuando la rozaba con mi mirada.... sentada en el viejo sillón que había pertenecido al anciano inglés que te compró cuando eras niña... con tu pecho menudo y dulce llamando al juego de mis labios, con tus manos, reposando tras haberme conducido a lo alto de un prolongado delirio, con tu sexo aún mojado, rosaceo y finalmente tranquilo. Bebíamos té sobre la alfombra y nos mirábamos sin objeciones, deleitándonos en el abandono que surge tras la tormenta...

(Foto de Jim Adams)
Mientras me visto por la mañana, me gusta contemplar al que ha sido mi amante esa noche. Su rostro plácido sobre la almohada contrasta con la tensión experimentada en las largas horas que le robamos al sueño. Ya casi no se huele el sudor y la pasión; apenas queda un fugaz resplandor entre las sábanas de los fuegos pasados. Nunca sé si leerán la nota que siempre les dejo. Nunca vuelvo a verlos.

(Foto de Conrad Godly)
Se cruzaron nuestras miradas en el ascensor pero yo ya la había presentido gracias a su perfume. Olerla y desearla fue todo inmediato. Era ella, la que desayunaba todos los días en la misma mesa del bar, mientras leía el periódico. Era ella, la que caminaba con prisa hacia el edificio de enfrente, donde suponía se hallaba su oficina. Con su traje de chaqueta gris, sus medias negras, sus zapatos de tacón alto y ese pelo desordenado que contrastaba con su apariencia de secretaria eficiente y calculadora. Sigo sin saber su nombre, pero aún recuerdo cómo me cogió de la mano y, sin mediar palabra, me condujo a través de varios pasillos hasta una sala de reuniones que nadie utilizaba. Olía a café y a violetas. Fuera la vida se había detenido y nada impidió que nos desnudáramos atropelladamente, que nos besáramos como dos adolescentes y que nuestras manos recorrieran con ligereza el cuerpo del otro hasta perderse. ... Seguimos desayunando en el mismo bar, cada uno en su mesa. Pero ahora ya tengo llave de la sala y he aprendido el camino que cada mañana me conduce hasta su sabor.

(Foto de André Napier)
Nuestras últimas reuniones siempre tenían el peso de la despedida pendiente sobre nuestras vidas. Los abrazos sabían de manera distinta y los besos empezaban a tener más sal. Nunca nos habíamos dicho el nombre desde aquel día en que coincidimos en aquel cine. Nos despediríamos después de varios meses de citas clandestinas y encuentros fugaces pero intensos sin saber nada de la otra persona, pero con el recuerdo de cada uno de los poros de nuestra piel, de sus lunares repartidos por toda la geografía. Su marido siempre venía a recogerla. La esperaba en la puerta, con el coche en segunda fila. Creo que ella le dijo que esa era la casa de su jefa en la empresa de cosmética de la que era representante a domicilio. No he vuelto a verla, pero sí he tenido más encuentros con otras mujeres que, como ella, estaban perdidas en el mar de sus días.

Las noches en los hoteles pueden ser muy largas. Tras un dura jornada de viaje y de trabajo, fuera del hogar, lo que más me apetece es tomar una copa mientras espero que alguien, algún desconocido, llame a la puerta y se ofrezca a darme compañía. El bar del propio hotel suele ser una buena zona de búsqueda y encuentro. Un guiño, una mirada, la caída de las llaves sobre la alfombra, el olvido del mechero sobre la barra del bar, suelen ser cebos que dan resultado seguro. Media hora más tarde, alguien llama con los nudillos a tu puerta, alguien, igual de solitario, se ofrece a matar soledades a golpe de caricia. Mañana habrá olvidado mi nombre, pero yo siempre recuerdo el olor, sello personal indeleble de cada ser.... Toc, toc.

Sudorosos nuestros cuerpos, agotados, casi exhaustos tras el fragor de la batalla, húmedos aún, suaves, ya blandos y relajados, como altares tras la ceremonia de glorificación de un dios, pagano y hermoso, placentero, lleno de un misterio que ni los iniciados logran vislumbrar.

En las tardes de mucho calor, a esa hora muerta en que todo parece dormir con pesadez, hasta los perros, me siento capaz de cualquier cosa. Podría buscar a cualquier hombre y apretarlo con fuerza, cogerlo con las dos manos y moverlo hasta que sintiera su sangre bullir entre mis dedos, hasta que se desparramara sobre mi boca con la pulsión violenta de quien ya no se resiste a tenderse sobre mi fuego y quemarse en las profundidades de mi deseo.

(Foto de Andreas Bitesnich)
El amor va dejando marcas y manchas sobre la piel del alma y del cuerpo. Miles de experiencias acumuladas, como fino lodo originario, donde enterrar sensaciones perdidas, costras de silencio con las que cubrirse en tiempos fríos y amenazantes. El roce con otros cuerpos ya no limpia sino que añade otra capa más a mi cansado cuerpo...

(Foto de Stephen Rogers)
Siempre me han gustado las corbatas, tan masculinas, en una mujer.

(Foto de Ufuk Ozkan)